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El Caso Más Antiguo de Mutualismo Entre un Insecto y un Microorganismo

El Caso Más Antiguo de Mutualismo Entre un Insecto y un Microorganismo

Mutualismo insecto-microorganismo

Mutualismo insecto-microorganismo

El análisis de una termita sepultada durante 100 millones de años en una antigua pieza de ámbar ha revelado el ejemplo más antiguo de mutualismo descubierto hasta ahora entre un animal y un microorganismo, y también muestra la inusual biología que ayudó a este grupo de insectos a ser uno de los más exitosos en el mundo.

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El hallazgo de este mutualismo ha sido realizado por George Poinar, investigador de la Universidad del Estado de Oregón y experto internacional en formas de vida encontradas en ámbar.

Esta particular termita probablemente estaba volando en una selva tropical de lo que ahora es Myanmar (Birmania) durante el periodo Cretáceo Temprano, es decir la era de los dinosaurios. Pudo haber sido atacada por un ave o resultar herida por otras causas, pero el caso es que acabó cayendo dentro de la pegajosa savia de árbol que más tarde se convertiría en ámbar, dando así una oportunidad de que los humanos millones de años después supiéramos de este insecto y su biología, algo que de otro modo hubiera sido imposible.

De su abdomen herido emanaron una serie de protozoos, los cuales incluso entonces ya estaban proporcionando una función clave a la termita: la ayudaban a digerir la madera. Entre animales y microorganismos, éste es el ejemplo más antiguo que se haya descubierto hasta ahora de mutualismo, un tipo de relación simbiótica en la cual dos especies se ayudan entre sí.

Las termitas viven de la celulosa, la mayoría de la madera muerta que mastican, pero dependen de los protozoos en su intestino para disponer de las enzimas que pueden digerir la madera. Estos protozoos morirían fuera de la termita, y la termita se moriría de hambre si no tuviera protozoos que la ayudaran con la digestión. En este caso, ambos organismos dependen mutuamente para su supervivencia.

La eficacia de esta relación de mutualismo queda bien demostrada por el mucho tiempo que lleva funcionando: al menos 100 millones de años.

Microbios Antárticos Viven en un Ambiente Que No Se Consideraba Apto Para la Vida

Microbios

Microbios

Según una nueva investigación, un depósito inexplorado de un líquido salobre similar químicamente al agua de mar, pero sumergido bajo un glaciar en el interior de la Antártida, parece sustentar vida microbiana inusual en un lugar donde el frío, la oscuridad y la carencia de oxígeno hacían creer hasta ahora a los científicos que nada podría sobrevivir.

Después de tomar muestras y analizar el flujo líquido de salida bajo el Glaciar Taylor, un glaciar de la Capa de Hielo de la Antártida Oriental en los Valles Secos de McMurdo, los investigadores creen que, con la ausencia de suficiente luz para realizar la fotosíntesis, los microbios se han adaptado a manipular compuestos de azufre y hierro para sobrevivir durante el último millón y medio de años.

Los microbios son, además, de naturaleza notablemente similar a especies encontradas en entornos marinos. Esto sugiere que esa población bajo el glaciar es el remanente de una población de microbios mayor que en su día vivió en un fiordo o en el mar, recibiendo luz solar. Muchos de estos linajes marinos probablemente sufrieron un declive, mientras que otros se adaptaron a las condiciones cambiantes cuando el Glaciar Taylor avanzó, cerrando el sistema bajo una capa gruesa de hielo.

Los Valles Secos están desprovistos por completo de animales y vegetales complejos, y los científicos consideran el lugar como uno de los desiertos más extremos de la Tierra. Los Valles reciben sólo 10 centímetros de nieve al año como promedio. A pesar de la escasez de precipitaciones, durante el verano de la Antártida, las temperaturas ascienden lo suficiente para que una porción del hielo comience a derretirse. El agua del deshielo forma arroyos que entran en lagos cubiertos por hielo, el cual tiene un grosor comparable a la altura de un edificio de dos o tres pisos.

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La científica Jill Mikucki y sus colegas basaron sus análisis en muestras tomadas en las Cataratas de Sangre, una formación de nombre ominoso pero acertadamente descriptivo, ya que posee características que la hacen parecer una cascada, al borde del glaciar, fluyendo irregularmente, y a menudo presenta una brillante tonalidad roja, que destaca de modo notable contra el fondo blanquecino de las masas de hielo.

Los Valles Secos han sido objetivo de investigación científica desde  los inicios de la exploración de la Antártida, en la denominada Época Heroica” a principios del Siglo XX. Incluso los primeros exploradores ya notaron la gran mancha en el pico del glaciar y especularon sobre qué la pudo haber causado.

Los primeros exploradores pensaron que un alga roja era la responsable de ese color llamativo.

Sin embargo, en el nuevo estudio, Mikucki y sus colegas argumentan que las criaturas que sobreviven bajo el Glaciar Taylor son más exóticas y adaptables que lo supuesto por los primeros exploradores.

La vida bajo el Glaciar Taylor podría ayudar a los científicos a responder preguntas sobre la vida en otros entornos hostiles, incluyendo los lagos subglaciales de la Antártida y quizás hasta en otros astros helados del sistema solar, tales como el subsuelo bajo masas de hielo marcianas o el océano bajo la corteza de hielo de la luna Europa, en órbita a Júpiter.